La ciudad y las luces: escribir desde lejos

Una calle que escribe quejas

Salí del bar muerta de hambre y había un silencio espeso que era muy raro para Sonnenallee en un jueves por la noche. O, ¿era miércoles? No, ya Flor me había dicho que era jueves y que todavía no era febrero. El hambre no me permite pensar bien. Era un silencio que me puso en alerta, pero no llegó a darme miedo. ¿Sería la breve tormenta de nieve de hace un par de horas lo que ahuyentó a la gente del barrio?

En fin, no tenía miedo pero estaba alerta. A veces pienso que Sonnenallee y yo, somos una misma. O más bien, que si yo en otra vida he de ser calle, sería Sonnenallee. Ni siquiera vivo en Neukölln, pero siempre visito esta calle cuando extraño el caos del DF. Uno no debería tener miedo de uno mismo, pero uno siempre debe mantenerse en alerta de uno mismo, especialmente si se sabe que uno puede ser denso e inesperado, como el silencio en una de las calles más ruidosas de Berlín.

Ruidosa pero amable, así me gustaría que la gente piense de mí. Esta calle es el refugio de los que siempre tienen hambre, como yo. A la hora que sea, en Sonnenallee siempre habrá un lugar de Kebab abierto para comerse algo y calmar a la fiera que se lleva dentro. Me refiero a la fiera del hambre; hay otras fieras que se llevan dentro y que no se calman con nada.

En el evento del bar, una chica muy guapa y con cabello muy corto, había hablado de lo molesto que es tener hambre y las dimensiones del vacío que el cuerpo humano puede sentir.

El mío no es vacío porque no haya nada. Mi vacío es una reacción corporal en la que siento frío en el esófago y en el diafragma, y me veo a mí misma desde afuera y eso me hace sentir que floto. Es un estado al que me gusta llamarlo “el vacío”. Me está dando vacío. Hoy no puedo porque tengo vacío. Hace mucho que no me daba vacío. Ya me curé de mi vacío. Es la reacción corporal, física y casi tangible, de llevar un peso invisible sobre los hombros. ¿Cómo es que él, con ese cuerpo tan esbelto y “fit” me pese tanto en el alma?

Tenía hambre y empecé a inventar palabras. “Me voy porque me deshambro” y Leti entendió que me desangro. Lo que realmente quise decir es que me retiraba porque moría de hambre y me la tenía que quitar de alguna manera. Entonces Flor me dijo –no comas, mejor escribe–. Le hice caso a medias.

Salí de allí, muerta de hambre y no sabía si escribirle a él, o escribir sobre él. Hice lo primero, y este texto es la evidencia de que igualmente hice lo segundo. También hice una parada en “Alhanan”, mi lugar favorito de shawarma y falafel (le ponen omelette de verduras a los sándwiches y siguen costando menos de 5 euros). No le conté sobre este último suceso porque no tenía ganas de juicios y lecciones: ¿Cómo es posible que le hagas eso a tu cuerpo?, ¿Tienes idea de la calidad del aceite que usan en los imbiss de Berlín?

Me descubrí un talento: en la mano derecha mi sandwich de falafel que me llevaba a la boca triunfante (conseguir finalmente algo de comer, fue mi victoria del día); en la mano izquierda, el móvil, mis dedos congelados deslizándose entre dos pantallas. Le escribía a él, y al mismo tiempo escribía sobre él.

A él, en cambio, se le acabaron de pronto las palabras sobre nosotros. Hace ya bastantes horas que no me ha dicho que soy más adictiva que las drogas que le gusta experimentar; que mi cuerpo, mi locura y mi mandíbula, le despiertan a su cuerpo el instinto de propagación, de inseminación, de crear un ser más bello que él, más bello que yo. No hay nada más romántico que te digan que los materiales genéticos se reconocen entre tanto material genético que anda por ahí, disparando así las necesidades básicas de procreación.

Como era de esperarse, me corto pronto, me dio las buenas noches porque ya se iba a la cama. –Pero si yo todavía no llego a casa– pensé.

Me quedé entonces con su silencio, el de Sonnenallee y el mío propio. Ya no me sentía alerta. Me sentía contenta. Me estaba quitando el hambre después de todo, y me quité también el hambre de él, al menos por un rato. Estaba sonriendo, estaba viviendo un breve momento de libertad. Caminé y pisaba con mis botas favoritas los restitos de nieve que se acumularon tras la tormenta.

Me acabé mi sandwich de falafel justo antes de llegar al S-Bahn. Ya otra chica en el evento lo había dicho, la poesía y la sociología se escriben en el S-Bahn con el móvil. Esto no es poesía ni sociología, sino el registro de una queja que jamás depositaré en su buzón de sugerencias.


BIO

Me llamo Brenda, pero me gusta que me digan Bren. Nací y pasé la mayor parte de mi vida en la ciudad de México mejor conocida como DF. Vivo en Berlín hace 4 años y todavía no me quiero ir a ningún otro lugar.


En “La ciudad y las luces: escribir desde lejos” nos damos el espacio de vomitar preguntas, a veces en forma de afirmación o divagues, por ejemplo acerca de lo bello, definido a partir de determinadas coordenadas temporo-espaciales del hoy, pero que mañana pueden ser otras y que por momentos pueden virar de lo real a lo abstracto imaginario etéreo.

Mirar algo del paisaje, escribirlo para colocarlo como epígrafe de alguna fotografía que junto con una canción genere un efecto de teletransportación a algún lugar en particular que nunca es igual, pero que a veces, cada tanto, se parece al de otrxs.

Foto, canción y texto, y que todo eso junto sea un paseo.

Sección curada por Lucía Pereyra

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