La ciudad y las luces: escribir desde lejos

Marinero

Estamos en junio y ya se empieza a sentir el calorcito del verano, tan corto en esta ciudad, así que propongo ir al lago. Bajamos en la estación Krumme Lanke y caminamos hasta el agua. Está tan helada que se me duermen las piernas, pero no pienso ceder -el verano es tan corto- y me meto hasta la cintura, arrugando la nariz del frío. A mi lado, varias señoras mayores entran rápido, sin dudar, y se alejan nadando.

Más allá, en el pasto, la gente se cambia la malla y se pone la ropa seca sin taparse, sin problema, sin ningún rastro de pudor. Nadie mira salvo yo, que me quedo observando con curiosidad esos cuerpos atrevidos, sueltos, húmedos. Pienso que está bien, que así debería ser: la vergüenza no tiene sentido. Pero a la hora de cambiarme no me animo a quedarme desnuda ante los demás y me pongo rápido el vestido sobre la malla mojada, oscureciendo la tela.

A la orilla del lago hay un señor muy viejo, con pinta de marinero, sentado en una silla plegable. Parece salido de un cuento: tiene una barba blanca muy larga, tiradores, una pipa en la boca y una complicada botonera entre manos, una especie de control remoto con el que maneja un barco de juguete que recorre la orilla. Está concentrado: se toma su trabajo muy en serio.

Del pequeño barco, no sé cómo, salen sonidos de gaviotas, de una bocina, de ruido a motor. Desde el agua, unos niños lo miran, sorprendidos. El viejo hace que la nave les pase por al lado, y por una especie de cañón, les tira agua. Está anocheciendo, así que activa unas luces que están en la proa.

Ese viejo es especial. Tengo muchas preguntas que quiero hacerle, pero imagino que solo habla alemán y no tiene pinta amistosa, así que me las guardo con pesar. ¿Era marinero y extraña navegar? O quizás siempre quiso, pero nunca pudo. ¿Va todos los días al lago con su embarcación en miniatura? ¿Cómo se la lleva a su casa? ¿Tiene más? ¿Dónde aprendió a manejarla y además dónde se compran estas cosas? ¿Vive solo o quiere escapar un rato de su familia? ¿Cómo encuentra tanto placer en manejar un barco de juguete a su edad?

Y pienso que los grandes a veces se van poniendo más chicos, vuelven de a poco a lo que les gusta y a sus pasiones relegadas. Un hombre que pasa caminando se detiene y lo mira un rato largo con los brazos cruzados y una sonrisa enorme. De a poco, la gente se va juntando a su alrededor: es la atracción del lago. Quizás sea su manera de obtener algo de compañía, supongo.

Antes de irme, ya de noche, miro hacia atrás y veo que el lago va quedando vacío, mientras él sigue ahí, solito, navegando.


BIO

¡Hola! Mi nombre es María Florencia Melo, soy argentina, tengo 31 años y hace uno -y un poquito más- que vivo en Berlín.

Me gusta, ante todo, leer. Me anoté en toda biblioteca habida y por haber en Berlín, y en cada visita me traigo una pila de libros frescos a casa. También escribo sobre mi vida en Alemania: disfruto registrando lo cotidiano, las pequeñas cosas, narrando el día a día y las historias modestas.

Tipeé mi primera “novela” en una vieja máquina de escribir, cuando tenía 10 años y estaba obsesionada con Egipto y las historias de misterio. Esperaba a que mi madre partiera al trabajo y me escabullía a su dormitorio, sacaba la Olivetti verde de su funda y copiaba fragmentos de poesías, que luego recortaba y pegaba en mi diario íntimo. Llenaba hojas y hojas con mis inocentes romances, rabias y reconciliaciones con amigas de la escuela o reflexiones que creía profundas. A todos les decía que, de grande, iba a ser escritora.

Años más tarde decidí estudiar periodismo: era extremadamente curiosa y me interesaban muchas cosas a la vez. Después, la profesión me desilusionó, dejé de escribir y solo leía, pero no me sentía conforme con esa pasividad. Entonces me anoté en un curso de escritura creativa.

En el medio me fui de viaje a otro país, sin trabajo y sin mi familia: sola con mi novio, mis miedos y una valija. En ese momento volví a escribir por gusto y empecé a llevar un registro de lo que me parece especial de esta ciudad, de lo que llama mi atención.

Estoy convencida de que se puede escribir sobre cualquier cosa. Todo tiene una historia detrás: solamente hay que mirar lo suficiente como para descubrirla -o imaginarla-.


En “La ciudad y las luces: escribir desde lejos” nos damos el espacio de vomitar preguntas, a veces en forma de afirmación o divagues, por ejemplo acerca de lo bello, definido a partir de determinadas coordenadas temporo-espaciales del hoy, pero que mañana pueden ser otras y que por momentos pueden virar de lo real a lo abstracto imaginario etéreo.

Mirar algo del paisaje, escribirlo para colocarlo como epígrafe de alguna fotografía que junto con una canción genere un efecto de teletransportación a algún lugar en particular que nunca es igual, pero que a veces, cada tanto, se parece al de otrxs.

Foto, canción y texto, y que todo eso junto sea un paseo.

Sección curada por Lucía Pereyra

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