La ciudad y las luces: escribir desde lejos


No se piensa en el verano cuando cae la nieve 

He visto siempre la belleza derrotada, no quiero ni puedo creer en la belleza perfecta(*).

El invierno me entrega inevitablemente a la queja. Me lanza a un vacío de repetición infinita, “lo que pasa es que no hay luz acá” dice el estribillo de nuestros días. Claro, la falta de energía lumínica es notoria, pero se habilita allí la posibilidad de reconocer que de la oscuridad puede surgir también la fuerza.

Para este cometido me propuse un ejercicio, acá en Berlín, urbe citada con frecuencia como referencia del polo nórdico de la roca planetaria donde hacemos pie. Así es que hace un tiempo que por cada cosa que me abruma y quita todo tipo de fe, trato de rescatar unas 3 o 4 cosas que, en las caminatas que marcan el pulso de mis días nocturnos, llamen mi atención desde un punto de vista estético, o que me conmueven de algún modo. Salgo a caminar todas las noches cuando las calles se vacían. Flannieren, lento andar sin rumbo, permeable a las vicisitudes e impresiones que pudiesen aparecer. Nadando en las veredas de hielo, me saco los guantes que protegen a mis manos de arderse y apunto en una libreta que entra en mi bolsillo cada cosa que por punctum (**) me lleva a detenerme, a observar como si estuviera tomando una fotografía con la mente. Y así, mientras flaneo, intransitiva y dispersa, me dejo llevar por las figuras, que no tienen que ser ninguna gran maravilla efervescente, cualquier detalle por más efímero que sea, es válido al objetivo del ritual.

Luego de un tiempo de recorridos diarios, pude notar que el foco últimamente estaba en las luces, en el placer sentimental que dispara la posibilidad de ver en la ciudad paletas de colores desde tenues a fluors neón, y que todo combina y que todo es una foto.

Mi barrio es un lugar caro aguetizado, hay tanto de lo que quejarse cuando una se siente ajena del luxurioso Kollwitzkiez, que las caminatas se vuelven intensas de belleza, porque como el múltiplo resulta tan alto tengo mucho por encontrar en cada paseo. Quiero descubrir en este mundillo de vidrieras de vidas pulcras y detallistas, una belleza que no sea perfecta, que me muestre las luces y nada más. Ese paisaje cinematográfico que se crea por ejemplo cuando las ventanas de los edificios de simetría soviética forman una escala cromática de luz adonis que va del rosa tenue al fucsia al magenta para opacarse en un lila viejo pastel. Desde algunas de estas ventanas se ven plantas que contrastan en sombras, palmera o monstera o potus gigante (porque esas son las guerreras sobrevivientes a un invierno extenso de no encontrar candil directo). Sobre las mesas de pinpong de la plaza recae una luz entre naranja y amarillo destacando la importancia de lo lúdico en la composición de la vida social y recreativa de la comunidad que la rodea. Mi juego bonito está en los carteles, el ejercicio con estos es capturarlos en microvideos. Generalmente los que más me gustan son los letreros del rubro restaurant oriental, la cadencia de su composición en conjunto con la iluminación interior del lugar al que miro como si fuese un segundo detenido en el tiempo solo para mí. Me pregunto si esto es un juego que me inventé como respuesta al aburrimiento invernal o si será la importancia de encontrarse también en lo que nos incomoda -y frente a eso pronunciarnos de algún modo- apreciar el espacio que habitamos, de la forma que así nos parezca hacerlo. Porque ¿y qué pasaría si mañana me encontrara frente a la sorpresa de que esta vez cuando el invierno acabe, acabará para siempre? ni que nunca más volveré a ver nieve en toda mi vida, ni a sentir el frío seco en la cara, ni a encontrarme en el placer que se genera a partir de la transición de pasar de la helada del afuera al calor del living,que me alberga reposada una alfombra suave e impermeable al frío del suelo, tomar el té durante horas que no se enfría gracias al utensilio que por ubicarse una vela en su centro, hace mantener la temperatura perfecta. ¿Y si de repente supiéramos que nunca más volveremos a ver el bosque sin hojas, ni a tomar brebajes en círculos? En una taberna escondida en un callejón pequeño sobre el Panke que tras subir las escaleras empinadas crujen sus peldaños al ritmo de un house melódico ¡encantador! que te transporta a un videoclip sin tiempo. Y te decís y sentís qué lindo que es el invierno, en las guaridas que se inventan en la urbanidad para combatir sus formas, tan crueles al volvernos simples autómatas de la gran máquina que incluso nosotrxs como parte del todo conformamos. Por eso el aprecio por esos escondites, porque te salvan de la oscuridad permanente de la noche eterna y ciudad gris en la que puede convertirse Berlín, el mismo lugar en donde la gente baila por el movimiento, responsable de la combustión interna mientras el sol templa. Y cuando el reproche al invierno no cesa, quejarme se transforma en apreciar lo que no tengo, y no como melancolía sino como añoranza, atravesar fuerte la helada como un logro de la vida y algunxs dirán, que no se piensa en el verano cuando cae la nieve (***), pero desde que tengo este invierno es que me pongo idealista con el asunto de la primavera o el verano. Me causa gracia la virtud de cada una de las estaciones, el alivio de que en todas se alojen elementos de la belleza. Es virtud particular del verano ser leve, descalzo y despierto y es virtud del invierno volverse quieto, contemplativo, como la ciudad y sus luces.

(*) Juana Bignozzi
(**) Roland Barthes

(***) “Paisaje” Franco Simone

Foto: Lucía Pereyra
Foto: Lucía Pereyra
Foto: Lucía Pereyra

En “La ciudad y las luces: escribir desde lejos” nos damos el espacio de vomitar preguntas, a veces en forma de afirmación o divagues, por ejemplo acerca de lo bello, definido a partir de determinadas coordenadas temporo-espaciales del hoy, pero que mañana pueden ser otras y que por momentos pueden virar de lo real a lo abstracto imaginario etéreo.

Mirar algo del paisaje, escribirlo para colocarlo como epígrafe de alguna fotografía que junto con una canción genere un efecto de teletransportación a algún lugar en particular que nunca es igual, pero que a veces, cada tanto, se parece al de otrxs.

Foto, canción y texto, y que todo eso junto sea un paseo.

Sección curada por Lucía Pereyra

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